Cuando nací el primer regalo que tuve, fue una pequeña caja de zapatos vacía.
Como soy un ser único, compuesto por los átomos de algún sol extinto, mi pequeña caja personalizada, me sirvió para guardar y ordenar las preferencias de todos mis recuerdos, anécdotas, emociones y vivencias, que se fueron creando durante mi vida.
Un día, y es preciso decir que no hay una fecha solemne, me encontré con todas esas experiencias que disponían la muestra de mi existencia.
Dentro de la pequeña caja, se fueron acumulando simples tarjetas. Una especie de ordenador de costumbres, recuerdos, sentimientos y situaciones en un pequeño archivo móvil.
Cada tarjeta mantuvo el significado de alguna obligación, un placer, un sueño, una salida, un disgusto o una rutina.
Como siempre he sido una persona muy ordenada, al acumularse tanta cantidad de fichas, una a la zaga de la otra, las organicé en grupos, como en parcelas divididas en sectores, para sentirme más preciso
A medida que fueron pasando los años, con la sobrecarga de actividades, se produjo un exceso de tarjetas, y ante tanta reserva, consideré necesario numerarlas.
Me apasionaba ver que cantidad de cosas hacía, sentía, y mantenía en mi vida. Claro está que no era fácil, ya que la sobrecarga de deberes y deseos, sumado al obstáculo que me imponía el tiempo real, me hizo decidir darle un porcentaje a cada sector.
Fue así que quedó establecido como iba a vivir. Dediqué la proporción principal a mi familia, mis hijos tenían la mayoría del tiempo dentro de ese fragmento, luego venían mis padres, mis primos, y fue aquí que me di cuenta que el llamar por teléfono a la tía Marta en Saladillo, había quedado con la tarjeta número 65 de la porción correspondiente a los cercanos.
Me sentía seguro con la organización que había construido, consideraba que todos estaban conformes con la técnica establecida de mi parte.
De esta forma, el jugar al fútbol con mis amigos quedó en la tarjeta 32 dentro de la pequeña parte que correspondía a mi recreo personal.
La segunda fracción en importancia se lo había asignado al trabajo, sin embargo en esa pequeña cantidad de fichas, me resultaba difícil el acomodar tantas tareas.
Ésta simple forma de constituir los días, había resultado práctica, pero ya fuera separándolo en meses, años, o decenios, no podía encontrar el tiempo suficiente para mantener todas esas tarjetas en funcionamiento.
Realicé por ese entonces un esfuerzo formidable, como un malabarista del universo, intenté vanamente en mantener a los planetas en movimiento.
AllÍ sucedió la última de las distribuciones previstas para mi caja de zapatos. Armé, como un artesano medieval, una separación imaginaria entre las que podía llegar a tener en actividad y las que consideraba muy lejanas las dejé en espera interminable, aplastadas como el olvido de una borrachera.
Quedó entonces, estudiar italiano, ir a ver los glaciares y compartir el carnaval de Jujuy con mis hijos, entre tantas otras, fuera de posibilidades.
Cada uno de nosotros tiene su pequeña caja de zapatos, personal e irrepetible, la mantiene y lleva como considera y puede, según las circunstancias vividas.
Puede ocurrir entonces, que en un resbalón, una zancadilla perfecta que revuelque a las personas, como una ola arrebatada, nos desprenda de la caja de zapatos, se caiga al piso y se desparrame la perfecta organización, como si fueran hojas de otoño.
También, puede pasar que cada persona se pregunte en algún momento del vivir, por el sentido de esa caja de zapatos tan pesada.
Con los años, se acumulan mandatos inflexibles y tantos “deberías” que en mi caso, me sentí tentado en pedir ayuda a quien supiera arreglar cajas de zapatos. No hay quien sepa, me dijeron. Solo conozco gente que te acompaña a elegir las tarjetas que quieras mantener, dijo otro.
Claro que puede parecer confuso en un principio, el revisar tantas fichas. Se percibe agotador tanto orden forzado y tanta rigidez enumerada.
Comencé a transitar un proceso de cambio con una persona que me facilitó ese camino, con la posibilidad de considerarme libre, seguro de no ser juzgado ni criticado.
Entonces, con ese clima de confianza me desaté los nudos de los zapatos y caminé descalzo sobre todas las fichas, eligiendo minuciosamente cual aceptaba dentro mío. Flexible como un arco persa, me impulsaba al hoy con la fuerza de un trueno en la montaña y emergía paulatinamente como agua clara.
Ahora recuerdo mi caja de zapatos, con las miles de historias concebidas y el peso de los años acumulados. Esa caja vencida por el tiempo y validado lo que era mío, fue puesta en otro lugar, un paradigma distinto que me hace sentir conforme.
Esa caja contuvo todo aquello que acepto de mi y fue lo mejor que pude hacer en esos tiempos vividos.
Erguido sobre el presente, me veo en el sendero y percibo en mis pasos, que sigo transitando mi vida. Hoy estoy aquí, ahora reconozco el día a día, no tengo más tarjetas con números establecidos y mi caja de zapatos es solo mí experiencia diaria, tan liviana de llevar.
Alejandro Lemos
epimeleiaargentina@gmail.com